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Francisco Javier Contreras Díaz.

El rayo luminoso que nos faltaba cayó e iluminó a todo Macondistán, como anuncio premonitorio de lo que viene para los próximos años: el lenguaje criptomorenista ha aterrizado y nos señala el rostro de lo que se aproxima; la infalible fórmula de “el poder somos nosotros y todos a callar”. Mientras en sus evangélicas mañaneras, el solitario del palacio de invierno ha superado las fiebres heladas y continúa lanzando llamas contra aquellos que recurren al turismo vacunacional o a al uso pleno de los privilegios que otorga ser ídolos de la T4. Lo bueno para sus subordinados es que estos deslices verbales son microscópicos y nadie los percibe, a menos que se requieran como apoyo terapéutico para el psicoanálisis de sus correligionarios.

Pero esto de no es novedad, en la biblioteca de Alejandría se han descubierto unas láminas con escritura multiforme, atribuida al emperador otomano Tikmundú I, cuyo nombre verdadero era el de Richard Orwell, quien narró el periplo de cuando aproximadamente 33 autoridades morales viajaron en medio de la neblina por aproximadamente 60 leguas a lomo de mula de lujo, para que las brigadas que aplicaban vacunas contra la peste bubónica les aplicaran su primera dosis. El relato se refuerza con un escrito del historiador medieval, exactamente del preclásico tardío, Yuyuy Vacunayótotl (“El inoculado” o “El que ama las vacunas”) quien afirma que el melodrama de tan insigne hazaña se concretó cuando se les notifica a esos ilustres 33 que no corresponden a la demarcación y en eso llegan las órdenes del Olimpo al ejército de élite conocido por su imparcialidad ideológica y que la plebe les conocía como Los Destructores de la Nación, excesivamente celosos de su deber entre los que se encontraba la ironía y el sarcasmo, que eran los custodios de las vacunas, “aplíquenselas, pues son cuates”. El momento climático, dijeron los generales de este ejército fue, de acuerdo a los textos, cuando se tuvieron que esparcir justificaciones cómicas y sin aceptar dos cosas: van a contraflujo de los dictados que salen del palacio de invierno y que han despertado el monstruo del turismo vacunacional.

Ya en tiempos más cercanos, en el Alto Protoneolítico, han sobrevivido petroglifos que reseñan que en medio de una pandemia de corrupción (erupción de la ética con llagas expuestas de desprecio por lo civilizado) que azolaba a la megalópolis, lo que hoy conocemos como Macondistán, 33 íconos de la globalización y las buenas costumbres públicas y privadas (“Trajiste el coñac y los bocadillos de jamón de cordero? ¿Cómo? ¿Qué no vamos sólo a vacunarnos?” se puede leer sobre un trozo de piel de mamut, que por azares ha llegado a nuestros días), triunfaron sobre los aborígenes que ingenuamente creyeron en un calendario lunar elaborado por los ancianos de la tribu para recibir la vacuna contra la corrupción, patología que no afecta a los reyes y reinas que tras recibir su primera dosis no solo se alejaron aún más del pueblo, sino que obtuvieron sus warholianas notas periodísticas y, gracias a ello, lograron abandonar el estoico anonimato y estacionarse en el clímax de la  fama y del aplauso, que es de lo que viven.

Desde el púlpito electrónico, los indóciles dan a conocer su inútil e infundada crítica. Eso provoca la atinada, inteligente y mesurada aclaración de la jefa del Comité de Promoción Familiar pro Conservación el Feudo, ONG experta en movilización oscura y en regular fenómenos de masas y da cátedra de cómo se debe de estructurar no solo la negación sino cómo humillar al pobrerío que carece de pedigrí para acceder a las vacunas VIP, pues, ¿cómo se les ocurre llegar a pie en lugar de la intimidad y señorío que solo otorga un BMW? “¿Cómo se les ocurre arribar al puesto de vacunación en lomos de asnos o calzando huaraches? La única condición para ser vacunados es acreditar que se vive rodeado de greens, que se ha participado en los últimos dos meses, en al menos una subasta de Sotheby’s y que pueden traducir sin titubeos la frase  All yo need is love. O demostrar que han realizado cuatro viajes a Nueva York o a Europa mensualmente. ¿Cómo se atreven a solicitar vacunas cuando su horizonte musical es “Cómo te puedo olvidar” de Los Ángeles Azules? ¿Si se trasladan a sus milpas a pie y no en helicóptero? Si el vértigo por acceder a su primera dosis de vacuna se incuba dentro de una casa de interés social o un tejaban y no desde una mansión donde caben cincuenta palomares de Infonavit; si suplican vacunas desde casuchas de adobe y no desde los fraccionamientos del derroche, está cañón atenderles, ¿así cómo? Basta de INFODEMIA (desde ahora también conocida como memoria histórica).” 

Que nadie ose hacer testimonio de que presenciamos un acto de corrupción, pues desde que llegó la aséptica T4 nadie es corrupto. Que nadie diga que los políticos enlodan el honor de los de abajo cuando lo que hacen  y avalan es un insulto. La pandemia es dolor redistribuido entre los de abajo. Que nadie diga que esto es un hecho espeluznante, pues desconoce la angustia de quienes han perdido amigos, hijos, esposos(as). Que no se diga que esto es una forma sutil de negar el derecho a la salud. Que saltarse las normas y protocolos para vacunar con esquemas de favor no es una forma impoluta de gobierno y que la ciudadanía merece esto y más. Mienten quienes sostengan eso. La vacunación de amigos fue un acto de congruencia, complicidades y justicia de clase. Los demás, aparte de jodidos, ilusos. 

La última y nos vamos. Un reconocimiento a quienes se fletan realmente en el sector salud apoyando en medio de la peste.